Joel Franz Rosell

La Princesa y el Asno. Aproximaciones a la cuestion del exilio y la emigracion en la literatura infantil

Joel Franz Rosell

Cuba/Francia

(joelfranzrosellgmail.LÖSCHEN.com)

 

Resumen: La expatriación es quizás el mayor semillero de minorías. La literatura infantil moderna nace prácticamente con un texto sobre el exilio: “Piel de asno” (1694) de Perrault. En mi estudio recorro libros muy diversos por sus épocas, formas, tramas y procedencias que abordan la temática con gran pertinencia y trascendencia estética. Un segundo aspecto se centra en un caso que conozco desde dentro: el de la literatura infantil cubana, nacida prácticamente en la emigración, con La edad de oro (1889), revista para niños creada por José Martí en su exilio norteamericano, que solo pudo llegar a la infancia cubana una década más tarde, cuando se desmorona el mismo poder colonial que lo había deportado y censuraba su obra. Los escritores también emigramos, y la manera en que nos insertamos, como una minoría dispersa, en otros panoramas editoriales es un ejemplo de esta particular forma de globalización de la literatura infantil contemporánea. Mi propia obra de narrador aborda de manera explícita o metafórica la cuestión de la emigración.

Palabras clave: emigración, exilio, escritores emigrados, Cuba, Occidente.

 

Abstract: Expatriation is perhaps the best melting-pot for minorities. Modern literature for children was practically born with a text about exile: “Peau d’Âne” (1694) by Perrault and, in my paper, I give a survey books, very different in their forms, frameworks and origins, which deal with expatriation. A second aspect concentrates on a subject I know from the inside: Cuban children’s literature, which was born practically in emigration, with La edad de oro, a magazine for American children created in New York by José Martí. This great work could only reach Cuban children 10 years later, when the colonial power, responsible for Marti’s deportation and for a strict censorship of his work. Writers and illustrators emigrate too. The way we enter, as a scattered minority, in other publishing contexts is an example of this particular form of globalization of contemporary children’s literature. My own work as a writer deals explicitly or metaphorically with the question of emigration.

Keywords: emigration, exile, emigrated authors, Cuba, western hemisphere.

“Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó donde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar...” (Martí, 1979). Así comienza la revista que el mayor intelectual cubano creara en 1889, durante su exilio neoyorquino, “para los niños de América”. Solo tras la independencia y editada como libro, la obra circula en Cuba; donde se convertiría en auténtica biblia laica y único libro que todo cubano ha leído por lo menos una vez.

Obra maestra de un exiliado, La edad de oro es mi primer ejemplo de literatura infantil vinculada a la cuestión migratoria... aunque menos por sus temas que por las circunstancias de su creación y difusión.

 

Los dos exilios

El exilio y la emigración son realidades concretas y a menudo dolorosas, derivadas de persecuciones políticas, étnicas o religiosas, de desastres ecológicos y frustraciones económicas o profesionales que han padecido los escritores –cronistas de la vasta aventura de la Humanidad– junto a millones de personas entre las cuales, por supuesto, se encuentran niños y adolescentes.

El primer cuento infantil occidental, nada menos, tiene el exilio como uno de sus principales resortes argumentales. En 1694 el académico francés Charles Perrault publica el cuento en verso “Piel de asno”, cuya heroína huye de los proyectos incestuosos de su padre. Llegada a un lejano país, la muchacha oculta su identidad, disimula su belleza y renuncia a su condición principesca con tal de alcanzar una vida mejor, conforme a sus principios. ¿Podemos pedir mejor definición de un emigrante?

Cinco años después, Las aventuras de Telémaco relata la peregrinación del hijo de Ulises. Telémaco busca a su padre, exiliado por los dioses del Olimpo tras causar la caída de Troya. La voluminosa novela fue publicada contra la voluntad de su autor, el controvertido prelado, educador y escritor francés Fenelón, quien sabía que su ideología lo condenaría al ostracismo: el suyo fue un exilio sin alejamiento geográfico.

En 1719 el inglés Daniel Defoe publica Robinson Crusoe, cuyo náufrago de protagonista es un desterrado (por la mala suerte o por “voluntad divina”, si nos atenemos a los valores religiosos que promueve la obra). Siete años después, Johnattan Swift da a conocer Viajes de Gulliver. Su héroe y narrador emprende sus aventuras de manera voluntaria, pero las intrigas políticas de Liliput, a donde le lleva su primer naufragio, lo fuerzan a escapar al minúsculo reino rival de Blefuscu. Un segundo viaje conduce a Gulliver a Brobdingnag, donde se ve juguete en manos de los gigantes. En su cuarta aventura, en el país de los Houyhnhnms, es su condición de ser civilizado lo que se cuestiona (¿qué emigrante no problematiza, en algún momento, su propio modelo cultural?).

No pocos héroes de novelas de aventuras tienen un exilio en el centro de sus vidas: Sandokán, protagonista del ciclo Los piratas de la Malasia, iniciado en 1896 por Emilio Salgari; Edmundo Dantés, el atormentado héroe dumasiano de El Conde de Montecristo (1844), o el capitán Nemo, que Julio Verne presenta en 20.000 leguas de viaje submarino (1870) como un exiliado voluntario de la Civilización.

La migración del campo (las montañas suizas) a la ciudad (Frankfurt) es presentada por Johanna Spyri en en Heidi (1880), mientras en Pequeño Lord Fauntleroy (1885), Frances Hogson Burnett parte del choque de valores entre un niño norteamericano y su aristocrático abuelo británico para concluir en una posible cohabitación entre generaciones y culturas diferentes. La cuestión del exilio también puede codearse con ecología y desaparición de los pueblos “primitivos” como en La isla de los delfines azules (1960), de Scott O’Dell.

 

De los exilios simbólicos al realismo de la emigración

La literatura infantil abunda en representaciones simbólicas, metafóricas o fantasiosas de la expatriación. En los cuentos de Andersen, que se pasó la vida buscando en otros suelos, el reconocimiento que le regateaba su natal Dinamarca, encontramos desde una sirena que pierde la cola al radicarse entre los hombres y un Kai que pierde su humanidad en el reino de las nieves, hasta un cisne extraviado entre patos, y un ruiseñor del bosque forzado a cantar en jaula de oro y porcelana.

Selma Lagerlöff en El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia (1907) no se lleva a su majadero protagonista fuera del país, sino que lo hace viajar por él transformado en un enano de 20 centímetros; mientras los lectores conocen detalladamente a Suecia, Nils aprende –exilado del género humano– a conocerse a sí mismo y respetar a los demás.

Jim Botón y Lucas el maquinista (1961), de Michael Ende, tiene por héroes a dos emigrantes: un niño negro que lo único que sabe de su pasado es que fue robado a sus padres, y un maquinista sin trabajo. Después de salvar a la hija de un emperador, se les ofrece un futuro promisorio, pero

 

... aunque al rey se le hubiera pasado el malhumor, no podían volver porque volverían a presentarse los mismos problemas que cuando decidieron abandonar el país. Lummerland entretanto no había crecido. ¿Tendrían que dejar quizás a la vieja y gorda Emma en China y volver los dos solos a la isla? (…) Pero quizás al Emperador le agradaría que se quedara y tendiera una línea de ferrocarril que cruzara todo China. Sin embargo, era bastante triste porque a pesar de todo China era un país extranjero; pero no tenían otro recurso y en un sitio u otro tenían que quedarse a vivir si no querían andar siempre rodando por el mundo (Ende, 1962: 232-233).

 

Si en El libro de la selva (1894), Kipling cuenta la vida de un niño que crece entre fieras, ignorante de su naturaleza humana, numerosos son los libros para pequeños donde, por el contrario, hay animales que vienen a vivir entre humanos, logrando diversos niveles de aceptación (y autoaceptación): Historia de Babar, el elefantito (1931), de Jean de Brunhoff ha sido acusado de colonialista porque son los conocimientos y hábitos (occidentales) adquiridos en la ciudad, lo que lo capacita para ser rey una vez de regreso a su natal estepa (africana).

Siendo el asesino de mamá elefanta un “antipático cazador” occidental, deberíamos considerar a Babar como refugiado ecológico o víctima de guerra. O simplemente como una representación (¿acrítica?) de las élites africanas que se forman en Occidente y luego rigen sus pueblos con un despotismo o entreguismo que garantiza los intereses de las antiguas metrópolis... pero también los suyos como clase parásita (lo que retroalimenta el flujo migratorio).

 

Migraciones contemporáneas y literatura infantil

Los grandes cambios políticos siempre provocan masivos desplazamientos de población. La conquista y colonización, la Guerra de Secesión y la abolición de la esclavitud en Norteamérica inspiran, respectivamente, obras tan prestigiosas como El último mohicano (1826), de John Fenimore Cooper, La cabaña del tío Tom (1852), de Harriett Beecher Stowe y La danza de los esclavos (1976), de Paula Fox. La Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, alimenta Cuando Hitler robó el conejo rosa (1971), de Judith Kerr, y Muletas (1987), de Peter Härtling. Por su parte, la novela gráfica Emigrantes, de Shaun Tan, evoca todas las grandes migraciones del siglo pasado, y sus diversos motivos: guerra, opresión, miseria. La ausencia de palabras y el concepto plástico –realista y onírico a la vez– dan a esta obra universalidad y trascendencia ejemplares.

En América Latina, el aporte migratorio ha sido comparativamente poco recogido por la literatura infantil. Perla Suez, con Dimitri en la tormenta y María Teresa Andruetto, con Stefano, se asoman a la emigración europea (judía e italiana, respectivamente) en el siglo XX. Los exilios provocados por las dictaduras militares están abordados desde la experiencia directa de los autores: Víctor Carvajal presenta en Como un salto de campana la confusión de un chico considerado extranjero en la Alemania donde creció y como “gringo” en el Chile de sus padres. Particularmente interesante es De olho nas penas, donde Ana Maria Machado relaciona el exilio, el divorcio paterno y la doble familia conocidos por su héroe. En una subconsciente búsqueda de explicación para su múltiple filiación, el niño emprende un onírico viaje de descubrimiento de la triple identidad –amerindia, europea y africana– que comparten Brasil e Hispanoamérica.

 

Crónica de un exilio cercano

Silenciosa sobre el caudal migratorio español, la literatura infantil cubana se ha ocupado de la vertiente africana en textos donde predomina la intención educativa. De ellos se distingue Ponolani (1966), en que la escritora “blanca” Dora Alonso reúne cuentos que una nodriza negra le contó siendo niña con anécdotas de la vida de Ponolani, la madre esclava de dicha nodriza.

La mayor etapa de migraciones comienza en Cuba con la revolución de 1959. Por sus connotaciones políticas polémicas, este asunto es tardío y escaso en la bibliografía de la Isla. En Las cartas de Alain, de Enrique Pérez Díaz, un niño se preocupa por la desaparición de su mejor amigo, embarcado por sus padres en una temeraria tentativa de emigración ilegal. El protagonista-narrador se resiste a pensar, como otros, que naufragaron, e imagina las cartas que Alain le enviaría desde Estados Unidos. La novela no aborda la emigración desde su realización sino desde su frustración, lo que la hace más dramática.

En El oro de la edad, Ariel Ribeaux narra la estancia en un hotel para extranjeros de una cubana que se ha casado con un italiano por mero interés. Masicas es una aculturada que detesta a su marido extranjero, a su propio país de origen y a su hija cubana. Esta última halla consuelo en la amistad con una niña negra y humilde de la que todo debería separarla. La novela establece una fecunda intertextualidad con las más notables ficciones incluidas por Martí en La edad de oro.

Residente en Miami desde los años 60, Hilda Perera ha publicado una amplia obra de en la que se destacan Kike –historia de uno de los miles de niños enviados a Estados Unidos por familias de clase media persuadidas de la inminente supresión de la Patria Potestad por el régimen castrista– y La jaula del unicornio, donde se alternan tres narradoras, todas emigrantes: el Alter Ego de la autora (emigrada legal, escritora, edad madura), la hondureña (joven emigrada clandestina) que trabaja para la anterior, y la hija de ésta última, una niña que (como Kike) está en proceso de asimilación cultural. Toda expatriación prolongada, y más tratándose de niños, implica la sustitución de referencias y valores, y la madre hondureña, que como indocumentada vive bajo perenne amenaza de expulsión, se rebela contra la transformación de su niña María en la pre-adolescente Mary.

 

El regreso imposible

Suele decirse que los viajes forjan el carácter. A mí me forjaron la escritura. Entre 1989 y 1995 viví en Brasil, Dinamarca y Francia una experiencia cultural y lingüística que modificó profundamente mi estilo.

Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes, historia de una pareja que recorre países imaginarios a bordo de una cometa, la comencé en Copenhague tras mi primer regreso a Cuba. Mi país había cambiado mucho durante mi ausencia y también había cambiado yo; por ambas razones, ya no había allí lugar para mí. Pero sólo diez años después, la reflexión de un lector argentino me hizo comprender lo que significaba el último capítulo, en que la pareja protagónica intenta un regreso al terruño y donde aterriza es en “otra oportunidad” histórica de su país. Rosa y Juan Perico se encuentran con unos falsos dobles suyos, Roso y Juana Perica, que les birlan la cometa para irse de viaje de bodas. Mi novela tiene final abierto y, tres lustros después, sigo sin saber si Roso y Juana Perica vuelven, si Rosa y Juan Perico se quedan en su país cambiado o se embarcan de nuevo... en busca del país original o de tierras aún más exóticas. 

Cuba y mi conciencia de emigrante no están presentes en cuanto he publicado desde que soy “ciudadano del mundo”. Pero durante mis diez primeros años de trashumancia trabajé en Mi tesoro te espera en Cuba, única de mis obras verdaderamente realista y de tema actual. La protagonista es una española que busca el rastro dejado por su tío bisabuelo, un emigrante que hizo fortuna en la Isla hasta que la Revolución lo obligó a irse, perdiendo no solo sus bienes materiales, sino la felicidad. La niña hace amistad con un grupo de niños cubanos pese a los prejuicios ideológicos que se empeñan en distanciarlos y descubre con sus ojos de extranjera (que serán los del lector) la belleza y las frustraciones de la Cuba actual.

Esta novela fue el regreso a Cuba que me negaron durante cuatro años, antes de convertirse en mi intento por explicar la compleja realidad de mi país a europeos y latinoamericanos que lo reinventan con informaciones fragmentarias, opiniones pasionales y sueños utópicos. Mi tesoro te espera en Cuba se salvó del panfleto, creo, porque me mantuve en los límites del género que siempre he cultivado: la novela infantil.

La leyenda de taita Osongo es mi libro más comprometido y personal. Terminarlo me costó 18 años y varios países. Cuenta el destino de un rey africano deportado dos veces: la primera a una plantación americana, como esclavo, y la segunda al monte virgen, donde ha de sobrevivir como cimarrón. La trama ilustra el racismo, el amor, el precio demasiado alto que algunos están dispuestos a pagar por la riqueza y el poder, y el precio nunca demasiado elevado que otros están dispuestos a pagar por la libertad y la fidelidad a sí mismos. Es la historia legendaria de Cuba y la historia fabulada de mi familia.

 

Coda

Dicen que un escritor escribe siempre el mismo libro. Yo opino que escribimos los mismos libros, pues varios y a veces muy diferentes son los asuntos, estilemas, personajes o escenarios que obsesionan a cada autor. En todo caso, no lo he dicho todo sobre una cuestión que me parte el corazón; la prueba es que la abordo no solo en relatos sino en reflexiones como esta. La sangre que por la herida brota, fecunda ya páginas nuevas.

 

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