ICBD 2012

Había una vez un cuento que contaba el mundo entero

Había una vez un cuento que contaba el mundo entero. Ese cuento en realidad no era uno solo, sino muchos más que empezaron a poblar el mundo con sus historias de niñas desobedientes y lobos seductores, de zapatillas de cristal y príncipes enamorados, de gatos ingeniosos y soldaditos de plomo, de gigantes bonachones y fábricas de chocolate. Lo poblaron de palabras, de inteligencia, de imágenes, de personajes extraordinarios. Le permitieron reír, asombrarse, convivir. Lo cargaron de significados. Y desde entonces esos cuentos han continuado multiplicándose para decirnos mil y una veces “Había una vez un cuento que contaba el mundo entero…”

Al leer, al contar o al escuchar cuentos estamos ejercitando la imaginación, como si fuera necesario darle entrenamiento para mantenerla en forma. Algún día, seguramente sin que lo sepamos, una de esas historias acudirá a nuestras vidas para ofrecernos soluciones creativas a los obstáculos que se nos presenten en el camino.  

Al leer, al contar o al escuchar cuentos en voz alta también estamos repitiendo un ritual muy antiguo que ha cumplido un papel fundamental en la historia de la civilización: hacer comunidad. Alrededor de esos cuentos se han reunido las culturas, las épocas y las generaciones para decirnos que somos uno solo los japoneses, los alemanes y los mexicanos; aquellos que vivieron en el siglo XVII y nosotros que leemos un cuento en la internet; los abuelos, los padres y los hijos. Los cuentos nos llenan por igual a los seres humanos, a pesar de nuestras enormes diferencias, porque todos somos, en el fondo, sus protagonistas.

Al contrario de los organismos vivos, que nacen, se reproducen y mueren, los cuentos, que surgen colmados de fertilidad, pueden ser inmortales. En especial aquellos de tradición popular que se adecúan a las circunstancias y el contexto del presente en el que son contados o reescritos. Se trata de cuentos que, al reproducirlos o escucharlos, nos convierten en sus coautores.

Y había una vez, también, un país lleno de mitos, cuentos y leyendas que viajaron por siglos, de boca en boca, para exhibir su idea de la creación, para narrar su historia, para ofrecer su riqueza cultural, para excitar la curiosidad  y llenar de sonrisas los labios. Era también un país en el que pocos de sus pobladores tenían acceso a los libros. Pero eso es una historia que ya ha empezado a cambiar. Hoy los cuentos están llegando cada vez más a rincones apartados de mi país, México. Y al encontrarse con sus lectores están cumpliendo con su papel de hacer comunidad, hacer familia y hacer individuos con mayor posibilidad de ser felices.

Francisco Hinojosa

Once upon a time, there was a story that the whole world told

Once upon a time, there was a story that the whole world told. In fact, it was not just one story but many, and they began to fill the world with tales of disobedient girls and seductive wolves, glass slippers and love-struck princes, clever cats and little tin soldiers, and friendly giants and chocolate factories. They filled the world with words, intelligence, images and extraordinary characters. They invited the world to laugh, to be amazed, to coexist. They gave it meaning. And ever since, these stories have continued to multiply, telling us a thousand and one times, "Once upon a time, there was a story that the whole world told..."

When we read, tell or listen to stories, we're exercising our imagination, almost as if it needed training to stay in shape. One day, surely without us even knowing it, one of these stories will return to our lives, offering creative solutions to obstacles that we find along the way. 

When we read, tell or listen to stories out loud, we're also continuing an ancient ritual that has played a fundamental role in the history of civilization: creating community. Cultures, past eras and generations come together around these stories to tell us that we are all one, the Japanese, Germans, and Mexicans; those that lived in the seventeenth century and us today, reading our stories on the Internet; grandparents, parents and children.  Stories fulfill all human beings in the same way because, despite our enormous differences, we are all, deep down, the stories' protagonists.

Unlike living organisms that are born, reproduce and die, stories, overflowing with fertility, can be immortal. Especially those in the popular tradition that are adaptable to the circumstances and context in which they are told and rewritten. They're stories that, when reproduced or heard, make us their co-authors.

And, once upon a time, there was also a country full of myths, stories and legends that were passed on for centuries, from mouth to mouth, sharing their idea of creation, relating their history, sharing their cultural wealth, sparking curiosity and bringing smiles to faces. It was also a country where very few citizens had access to books. But this history has already begun to change. Today, stories are reaching ever further corners of my country, Mexico. And, in finding their readers, these stories are fulfilling their role of creating community, creating family, and creating individuals that are more likely to find happiness.

Francisco Hinojosa

 

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